El viejo y nuevo Pekín, tras los Juegos Olímpicos

Modernidad y tradición en Pekín, una ciudad revitalizada por las Olimpiadas de 2008.

Si los Juegos Olímpicos son la operación de propaganda global más extraordinaria de que puede disponer un país, lo fueron especialmente para Pekín, que tras organizar sus fastuosos Juegos de 2008 cambió hasta de nombre, pues surgió entonces la recomendación oficial china para que se la denomine Beijing, "La capital del Norte". Una capital que para esas dos semanas de competición se transformó radicalmente, y que hoy conserva unas infraestructuras más modernas y un patrimonio cultural renovado, y que ofrece mayores facilidades al visitante, desde la calidad de los hoteles hasta la señalización en lenguas occidentales.

Transformación y apertura al mundo

Los Juegos Olímpicos de Pekín no marcaron el inicio, sino el final de una metamorfosis. En agosto de 2008 se cerraba un ciclo de siete años de preparativos con una inversión de 42.000 millones de dólares, y se abría otro en el que China quería demostrar ser un país moderno, eficiente y capaz de ser elegante. Se trataba de conjurar su imagen internacional de patria de las copias y de país hermético, y para ello se acometió una profunda transformación de la ciudad y de sus comunicaciones, incluyendo un extraordinario desarrollo urbanístico, nuevas líneas de metro y tren de alta velocidad a otras regiones.

Un nuevo patrimonio

La bulliciosa Pekín, una de las ciudades más pobladas del mundo, tiene hoy un nuevo encanto al conjugar las modernas construcciones nacidas al calor de las Olimpiadas con su vastísimo patrimonio cultural. La arquitectura de vanguardia se expone en sus rascacielos, la nueva sede de la televisión estatal china y especialmente en el Estadio Nacional de Pekín, el famoso "Nido", erigido en el nuevo icono de la capital.

 

Perviven su potente legado cultural, nada menos que la Gran Muralla, la histórica plaza de Tiananmen y la majestuosa Ciudad Prohibida, pero también otras atracciones "menores", por comparación, como los templos esparcidos por toda la ciudad o los Hutong, estrechos callejones con casas de una planta y patio interior típicas de Pekín, y que preservados y restaurados para el evento han logrado sobrevivir a la imperiosa pretensión de China de crecer y modernizarse.